La tensión en Zimbabwe, por la toma de los militares la capital Harare, es cada vez más fuerte. Si bien el golpe de estado no fue declarado de manera formal, analizar la historia permite dejar entrever que esta situación ha llevado al derrocamiento del presidente Robert Mugabe a quien las Fuerzas Armadas mantienen bajo arresto domiciliario.

Según una de las escasas comunicaciones del Ejército desde su alzamiento el martes, las negociaciones con Mugabe “avanzan favorablemente”, mientras que las informaciones apuntan a todo lo contrario y aseguran que el jefe de Estado se niega a renunciar a su puesto.

Por su parte, la oposición se ha hecho eco de la situación de debilidad del presidente, incluso varios calificaron al momento “como un sueño”. En ese sentido, apoyaron la actuación militar y exigieron un cambio.

Incluso, ayer miles de personas salieron a las calles a apoyar el ejército. “Gracias, Fuerzas Armadas”, rezaba uno de los carteles; otro, con el retrato del jefe del Ejército, Constantine Chiwenga, decía: “Adelante, nuestro general”.

En este marco de tensiones políticas, sociales y militares, las Fuerzas Armadas continúan negociando con Robert Mugabe para garantizarse su renuncia y evitar así la intervención de organismos internacionales. Sin embargo, hay preocupación en la comunidad internacional, ya que muchos expertos apuntan a que Emmerson Mnangagwa, el vicepresidente destituido por Mugabe, podría regresar a Zimbabwe. La situación de alarma se da porque Mnangagwa tuvo un papel en las purgas étnicas de los años 80, en las que perdieron la vida más de 20.000 personas de la etnia Ndebele.